lunes, 26 de julio de 2010

Algo

Alejandra Pizarnik*

noche que te vas

dame la mano

obra de ángel bullente
los días se suicidan

¿por qué?

noche que te vas
buenas noches

*Alejandra Pizarnik (1936-1972) Poetisa argentina


jueves, 17 de junio de 2010

"Gracias por el Fuego"

Mario Benedetti *

(...) ¿Por qué me siento tan vacío, tan desposeído, tan incapaz de dar ánimo? Mamá poca cosa, pobre cosa, ¿se le habrá puesto entre ceja y ceja morirse así, de una sola vez? ¿Y yo? ¿Qué pasa conmigo? Mamá, no tengo comentarios ni defensa, ni excusas, no tengo nada que decir. Ella en cambio dice: Sufro. Y su sufrimiento, porque me hiere, me da una horrible inseguridad. Es sin duda una derrota idéntica a tantas otras, pero en este caso es Mi Derrota, porque cuando mamá cierra desesperadamente los ojos y mueve los labios en esa mueca, en esa nunca resignada crispación de dolor, siento que también hay algo en mí que hace una mueca sin resgnación, que algo en mí crispa contra Nada, porque Dios y Destino y Materialismo Diálectico son meros slogans que lanzaron Abraham y Splenger y Marx, no precisamente para formarnos o transformarnos o conformarnos, sino para hacernos olvidar las únicas metas razonables y obligatorias, verbigracia el suicidio o la locura. Yo mismo me estoy acordando de tales objetivos y veo clarísimamente mi propia oscuridad, pero demasiado sé, porque la historia se repite, que dentro de un rato también me habré olvidado y creeré que vale la pena vivir y ser cuerdo (...)


*Mario Orlando Hardi Hamlet Breno Benedetti Farrugia (1920-2009) Escritor y poeta uruguayo

domingo, 16 de mayo de 2010

"Buenos Aires, paraíso de la tierra"

Roberto Arlt*


A ninguno de los ciudadanos que por la mañana despiertan en esta ciudad y miran por el visillo el humor que muestra la cara del cielo, se les ocurre pensar que habitan en uno de los pocos oasis de la tierra. Es decir, del planeta redondo.
No; no se les ocurre.
Es tan natural despertarse sosegadamente, mirar el reloj, entrar al cuarto de baño, salir, tomar el café con leche, lanzarse a la calle y subir a un tranvía, que semejante rutina hace exclamar, a más de uno, estas palabras disconformes:
- ¡Que vida aburrida la de esta ciudad!
Las únicas ruinas que el habitante encuentra al paso son las promovidas por las piquetas de los subalternos del intendente. El intendente, sea dicho entre paréntesis, parece regocijadamente dispuesto a tirar abajo la ciudad. Por momentos le recuerda a uno de esos funcionarios de las novelas de Anatole France, cuya actividad extemporánea pone de patas para arriba las administraciones más cristalizadas en una deliciosa rutina.
Las ruinas producidas por los subalternos del intendente son los únicos espectáculos catastróficos que salen al paso del habitante de esta ciudad.
Luego paz. La paz muslímica. El peligro en los volantes de los colectivos. Luego la paz. La paz de la noria. La paz del villorrio campesino.
El aficionado a las emociones fuertes tiene que entrar al cine. Ver pasar ante sus ojos los informativos. O leerse las revistas. O examinar las fotografías que publican las revistas. Por supuesto, fotografías de las ciudades extranjeras. Europeas. Un anciano que entra con su nietecito a una farmacia a comprar una careta contra los gases. El nietecito que se prueba la careta, el anciano que sonríe al modo de los ancianos de Cimabue. ¡Gracioso y sumamente edificante!
O una señorita piloteando una motocicleta con doble juego de ametralladoras. O la reina Guillermina leyendo su mensaje al Parlamento: "Para salvar la espiritualidad necesitamos armarnos". O una anciana arrojándose desde un avión en paracaídas y recibiendo las felicitaciones de un cónclave de octogenarios. O un párvulo, mejor dicho una cuadrilla de párvulos despanzurrando a una imaginaria brigada de párvulos enemigos. O una ciudad - esto no es imaginación - hecha materialmente trizas en sus estructuras, después del paseo punitivo de una escuadrilla de aviones enemigos. O un buque de carga tumbado sobre su línea de flotación. O multitudes cargadas de colchones, cacerolas, almohadas, cestos, huyendo de las cortinas de la muerte que avanza.
¿Cuantas formas distintas ha revestido la muerte en las ciudades de Europa hoy?
¿Existe un hombre, un hombre que hoy se haya molestado en calcular cuantos hombres, cuantas mujeres, cuantos niños perecen de muerte violenta, hechos añicos por las bombas, por desplomes, por las granadas, o destrozados por los gases, por los fusilamientos, por el hambre, y por las pestes? ¿Existe un hombre que hoy tenga el coraje de decir: " Vivimos en una de las etapas más acabadas de la cultura científica, asistimos criminalmente impasibles, diariamente, al asesinato cruel de millares de seres humanos inocentes de toda culpabilidad, y nos cruzamos de brazos"?
No existe ese hombre, ni existe ese calculista.
Insisto: vivimos en uno de los escasos oasis del planeta.
La muerte se pasea en Europa y en Oriente con una agresividad de la cual no se guarda memoria en ningún momento de la historia. Las que llamamos etapas bárbaras de la vida de la humanidad son episódicas deflagraciones comparadas con esta feroz asiduidad con que Europa y Oriente se preparan para la carnicería, cuyos estallidos presentes revisten una ferocidad terrorífica, no imaginada por ningún novelista.
Hace veinte años combatían los ejércitos. Hoy, con toda naturalidad, se anuncia que una ciudad será barrida de la superficie de la tierra, con todo aquello que contiene, vivo y muerto. Grande y pequeño. Y la ciudad es barrida, y algunas 24 horas más tarde, los noticiarios se exhiben en todos los cinematógrafos del planeta.
Insisto:
Vivimos en uno de los oasis de la Tierra. Quizá en el mismo Paraíso.
Sabemos que despertaremos en el mismo lecho donde nos tendemos a cerrar los ojos. EL HOMBRE DE EUROPA sabe donde se acuesta a dormir, más no sabe donde despertará. Y si despertará. La muerte, las mil formas técnicas de la muerte violenta están suspendidas sobre su cabeza. Cada día, una espada invisible muerde más y más la cutícula de aquel hilo que sostiene la espada sobre su cabeza. Espada que es la granada, la bomba aérea monstruo, la nube de gases, la lluvia de veneno, la atmósfera de las cortinas bacteriológicas.
Cada país de Europa es hoy un vasto presidio donde las multitudes prensadas entre murallas de cemento preparan a tres turnos, bajo la vigilancia de sus carceleros, los mecanismos que en un momento dado echarán a funcionar para desparramar la muerte y la locura.
Europa trabaja a tres turnos en el preparativo de su suicidio. Tres turnos vertiginosos y cada vez más acelerados. Hay prisa por acercarse a los confines de la muerte definitiva.
Aquí en Buenos Aires, despertamos desahogadamente y nuestra única preocupación es correr el visillo para mirar a través de los cristales el humor que muestra la cara del cielo.
¡ Y nos consideramos desdichados!

"Tiempos presentes"
Diario El Mundo
24 de setiembre de 1937
El paisaje en las nubes, Crónicas en El Mundo 1937-1942, Fondo de Cultura Económica, 2009

*
Roberto Godofredo Christophersen Arlt (1900-1942) Escritor argentino.

jueves, 22 de abril de 2010

"Noches Blancas"

Fiódor Dostoyevski*

¿Entristecer con mi presencia su felicidad, ser un reproche, marchitar las flores que se puso en los cabellos para ir al altar? ¡Jamás, jamás! ¡Que su cielo sea sereno, que su sonrisa sea clara! Yo te bendigo por el instante de alegría que diste al transeúnte melancólico, extraño, solitario... ¡Dios mío! ¿Un instante de felicidad no es suficiente para toda una vida?

*Fiódor Mijáilovich Dostoyevski (Rusia, 1821-1881) Escritor, novelista.

jueves, 15 de abril de 2010

"Desde entonces no colecciono libros"

fragmento de una carta que Goran Bregovic* le escribió a Ernesto Sábato

La vida es lo suficientemente larga como para empezar de nuevo, pero no para armar una biblioteca dos veces.


*Goran Bregovic (Bosnia-Herzegovina, 1950) músico, compositor.

jueves, 8 de abril de 2010

"En Matilde"

de Papeles inesperados, Julio Cortázar*
A veces la gente no entiende la forma en que habla Matilde, pero a mí me parece muy clara.

-La oficina viene a las nueve -me dice- y por eso a las ocho y media mi departamento se me sale y la escalera me resbala rápido porque con los problemas del transporte no es fácil que la oficina llegue a tiempo. El ómnibus, por ejemplo, casi siempre el aire está vacío en la esquina, la calle pasa pronto porque yo la ayudo echándola atrás con los zapatos; por eso el tiempo no tiene que esperarme, siempre llego primero. Al final el desayuno se pone en fila para que el ómnibus abra la boca, se ve que le gusta saborearnos hasta el último. Igual que la oficina, con esa lengua cuadrada que va subiendo los bocados hasta el segundo y el tercer piso.

-Ah -digo yo, que soy tan elocuente.

-Por supuesto -dice Matilde-, los libros de contabilidad son lo peor, apenas me doy cuenta y ya salieron del cajón, la lapicera me salta a la mano y los números se apuran a ponérsele debajo, por más despacio que escriba siempre están ahí y la lapicera no se les escapa nunca. Le diré que todo eso me cansa bastante, de manera que siempre termino dejando que el ascensor me agarre (y le juro que no soy la única, muy al contrario), y me apuro a ir hacia la noche que a veces está muy lejos y no quiere venir. Menos mal que en el café de la esquina hay siempre algún sándwich que quiere metérseme en la mano, eso me da fuerzas para no pensar que después yo voy a ser el sándwich del ómnibus. Cuando el living de mi casa termina de empaquetarme y la ropa se va a las perchas y los cajones para dejarle el sitio a la bata de terciopelo que tanto me habrá estado esperando, la pobre, descubro que la cena le está diciendo algo a mi marido que se ha dejado atrapar por el sofá y las noticias que salen como bandadas de buitres del diario. En todo caso el arroz o la carne han tomado la delantera y no hay más que dejarlos entrar en las cacerolas, hasta que los platos deciden apoderarse de todo aunque poco les dura porque la comida termina siempre por subirse a nuestras bocas que entre tanto se han vaciado de las palabras atraídas por los oídos.

-Es toda una jornada -digo.

Matilde asiente; es tan buena que el asentimiento no tiene ninguna dificultad en habitarla, de ser feliz mientras está en Matilde.

 
(Cuento inédito, sin fecha).
*Jules Florencio Cortázar (Bélgica,1914 - Francia, 1984) escritor e intelectual argentino.

jueves, 1 de abril de 2010

"Sobre héroes y tumbas"

 Ernesto Sábato *

''Varias veces estuvo a punto de dejarse vencer y de ir a la boutique. Pero se detenía a tiempo, porque sabía que ha­cerlo era pesar un poco más sobre su vida, y (pensaba), por lo tanto, distanciarla todavía más; del mismo modo que el náufrago desesperado por la sed sobre su bote debe resistir la tentación de tomar agua salada, porque sabe que única­mente le acarreará una sed aun más insaciable. No, claro que no la llamaría. Tal vez lo que pasaba era que ya había cortado demasiado su libertad, había pesado excesivamente sobre ella; porque él se había lanzado, se había precipitado sobre Alejandra, impulsado por su soledad. Y acaso si le concedía toda la libertad era posible que volvieran los prime­ros tiempos.
Pero una convicción más profunda, aunque tácita, lo inclinaba a pensar que el tiempo de los seres humanos no vuelve nunca para atrás, que nada vuelve a ser lo que era antes y que cuando los sentimientos se deterioran o se trans­forman no hay milagro que los pueda restaurar en su cali­dad inicial: como una bandera que se va ensuciando y gas­tando (le había oído decir a Bruno). Pero su esperanza luchaba, pues, como pensaba Bruno, la esperanza no deja de luchar aunque la lucha esté condenada al fracaso, ya que, precisamente, la esperanza sólo surge en medio del infortunio y a causa de él. ¿Acaso alguien después podría darle a ello lo que él le había dado? ¿Su ternura, su com­prensión, su limitado amor? Pero en seguida la palabra "después" aumentaba su tristeza, porque le hacía imaginar un futuro en que ella no estaría más a su lado, un futuro en que otro ¡otro! le dirá palabras semejantes a las que él le había dicho y que ella había escuchado con ojos fervorosos en momentos que ya le parecían inverosímiles; ojos y mo­mentos que él había creído que serían eternamente para él, que permanecerían para siempre en su absoluta y conmo­vedora perfección, como la belleza de una estatua. Y ella y ese Otro cuya cara no podía imaginar andarían juntos por las mismas calles y lugares que había recorrido con Martín; mientras él ya no existiría para Alejandra, o apenas sería un recuerdo decreciente de pena y ternura, o acaso de fas­tidio o comicidad. Y luego se empeñaba en imaginarla en momentos de pasión, pronunciando las palabras secretas que se dicen en esos momentos, cuando el mundo entero y también y sobre todo él, Martín, quedan horrorosamente excluidos, fuera del cuarto en que están sus cuerpos des­nudos y sus gemidos; entonces Martín corría a un teléfono, diciéndose que después de todo bastaba discar seis núme­ros para oír su voz. Pero ya antes de terminar el llamado lo interrumpía, porque tenía ya la suficiente experiencia para comprender que se puede estar al lado de otro ser, oírlo y tocarlo, y no obstante estar separado por murallas insalva­bles; así como una vez muertos, nuestros espíritus pueden estar cerca de aquel que quisimos y sin embargo, separa­dos angustiosamente por la muralla invisible pero insalva­ble que para siempre impide a los muertos tener comunión con el mundo de los vivos.''


*Ernesto Sábato (Argentina, 1911) escritor, ensayista y físico